
Cuando lo tuve de nuevo en mis manos, supe que no hubiera pasado
nada si lo perdía, al menos no en cuanto la historia se trataba, hubiera podido
pedirle a mi madre que me comprara uno nuevo… Pero este era especial, había
sido de mi padre, había sido de mi madre y de mi padre cuando estaban juntos,
había estado en el librero de la casa desde antes de que yo naciera,
esperándome.
Luego llegó Cien años de soledad, también sentado en la biblioteca
de la casa, con olor a viejo estirando sus líneas para que yo lo abrazara. Luego me fui a Guadalajara y estudié letras. En la carrera ya no se hablaba tanto de García Márquez,
parecía un gusto culposo de muchos y aún así para mi sigue siendo uno de los
mejores gustos que tengo, al menos uno de los más afectuosos.

Lo conocí en 2006, sabía que él estaba en FIL pero la verdad ni me
molesté a ir alguna de sus presentaciones, demasiada gente y demasiada
admiración en juego, siempre pasa que cuando uno conoce a sus grandes se le
desmoronan en dos segundos. Estaba en el área de conferencias y presentaciones a
los que en aquél entonces casi nadie iba, recuerdo que me dirigía a escuchar a
un tal Vila Matas del que no tenía ni idea qué escribía, pero era la presentación
que se me acomodaba a los horarios, era en la sala más chica y no había fila
para entrar –así es cómo los milagros literarios le cambian la vida a uno, pero
esa es otra historia-. Fue entonces cuando en el pasillo, en medio de un
pequeño barullo, junto a mi se pegaron unos muchachos a la pared como para
abrir paso y murmuraron “ahí viene García Márquez” y yo en medio y de frente aún
sin procesar lo que escuchaba, reconocí sus cejas y su nariz sobre la imagen
que tenía de él en mi cabeza (que era la que carga en la cabeza el “100 años” de
la edición del 68), me quedé ahí parada, bloqueando su camino, quienes le
ayudaban a caminar veían sus pies y su zapato izquierdo pegó en la punta de mi
pie derecho, entonces levantó la cabeza y dijo con la voz de anciano
malhumorado “¿Te vas a quitar?...”, luego aún sin moverme dije “Señor… yo…”,
“¿Qué?” dijo más alto y acercando su oreja como quien no escucha nada, el joven
que le ayudaba de su lado izquierdo estiró su mano para apartarme amablemente,
me quité y dije en voz bajita: “¡Pinche Gabo!” Lo odié un año por eso, incluso
censuré su literatura de mi librero y hasta creí aquellas historias que decían
que contrataba gente para que le escribieran sus libros. Luego un tarde
lluviosa de agosto volví a él como quien vuelve a casa, decidí que
aquél noviembre del 2006 había sucedido así: GGM-“¿Ta vas a quitar?”, C- “No
señor, no sin antes darle un abrazo”, luego él sonrió, tiró de lado a sus
ayudantes y me extendió sus brazos, nos abrazamos cerca de 14 segundos; así
pasó y así sabrán mis nietos la historia.
Uno siempre piensa que el destino es sólo suyo, que todo pasa para
afectarnos de manera positiva o negativa específicamente a nosotros, y una
parte de mi cree que así es, somos una red, somos el mismo tiempo, por eso creo
que el día que Márquez murió yo tenía que estar en Mazatlán, en mi Macondo,
donde sudé su literatura en el calor de la Machado a las cuatro de la tarde,
donde nada importaba más que la literatura misma y mi poesía era poesía, y
García Márquez era mi Gabo. El pasado 17 de abril me acosté pensando ¿Quién
hubiera sido yo si nunca lo hubiera leído? La pregunta me hizo tanto ruido que
me quedé muda, muchos minutos de silencio para acompañar su vuelo de
mariposa amarilla, muchos minutos de silencio para la orfandad literaria que
ahora pesa en Latinoamérica, mi mamá dijo “Nada más nos queda Elenita” y eso en
medio del silencio me quedó haciendo eco, y es que es y no es la muerte física
de estos héroes, es y no es su literatura, ahora no dejo de pensar ¿Dónde están
los que cambiarán la vida de las adolescentes que viven en puertos olvidados
por las letras?