lunes, 16 de agosto de 2010

A dos años

El pasado 26 de julio este blog cumplió dos descuidadísimos años, luciendo igual desde entonces y con letras que personalmente califico como malparidas pero sinceras y en busca de lectores, lo digo sin arrogancia, más bien como un gesto de generosidad, conmemoro pues este aniversario (y días).

Gracias a los que me han seguido (millones y millones sólo que ninguno aficionado a dejar comentarios), a quienes me dejaron de seguir, a quienes se han asomado y a los ojos que sé que están por llegar a estas líneas.

No prometo nuevos textos, quiero decir, no muchos de ellos porque como ya deben estar acostumbrados a este blog le gusta actualizarse cuando de veras le dan ganas.

A manera de celebración, estreno nueva imagen y no tanto por los dos años que lleva esta ventanita abierta, sino más bien porque hoy sin previo aviso renací, abrí los ojos y había una canción en mi cabeza, conocida pero irreconocible en la nueva yo, en fin, me miré las manos y eran las mismas, miré adentro y era otra, una con ganas de viento en la cara, entonces pues venga la celebración acostumbrada en cada re-nacimiento y tarareamos lo que canté cuando abrí la boca por primera vez -de vuelta-:

Acá el link con la canción El pajaro

domingo, 15 de agosto de 2010

Achú!

Sólo a mi sistema inmunológico se le ocurre cachar de quién sabe donde un virus que se refleja en laringitis y se evoluciona en gripe, terminando con un cuadro constipado faringe-respiratorio, todo esto a tan sólo un día de dejar las vacaciones de verano para entrar al trabajo. Debo apuntar, que estos cuadros de problemas respiratorios no son raros en mí, más bien resulta raro no tener gripe –como en días pasados cuando estaba en el mar, ahí sí, nada me dolía y nada me hacía estornudar- nunca fui una persona enfermiza, sin embargo, si de enfermedades se trataba eran siempre relacionadas con la gripe, entre mi alergia al polvo, mi amor desbordado por gatos y perros y mi manía de andar descalza por toda la casa fueron y siguen siendo algunos factores que me han empujado a que cualquier día sin previo aviso amanezca con una tos que me haga quedarme amarrada en cama.

Pero esta vez fue diferente, esta enfermedad fue de esas que sin “pero” alguno tienes que ir al doctor, sin embargo: no fui. Sí, esa es otra fobia, repulsión y miedo a los doctores, las batas blancas, las clínicas, las sillitas azules de plástico en las que te hacen esperar, el olor, los estornudos que nos son tuyos, los canales locales que siempre parpadean en alguna tele de algún rincón de cualquier consultorio u hospital y en menor medida, las pastillas.

Hace dos días quedé con una amiga de ir a un concierto de jazz, estábamos ahí en la fila de espera para entrar al teatro por más de una hora, las risas y nuestras pláticas repletas de incoherencias indicaban que todo marchaba bien y como de costumbre. Más de una vez tuve el impulso incontrolable de conseguir un cigarro, pero fue una ligera irritación casi imperceptible en la garganta la que me detuvo todas las veces que intentaba hacerlo. Al salir del concierto, que estuvo por demás alucinante (y “alucinante” debería escribirlo con mayúscula, pero sin duda sería algo grosero y de mal gusto) con otra amiga sumada a la velada, decidimos ir a cenar, y fue mientras degustábamos una deliciosa pizza al horno (el último recuerdo que tuvieron mis papilas gustativas) que alguien comentó “de aquí a la mutua” y fue la misma irritabilidad de mi garganta que me impidió fumar la que respondió un rotundo “yo no voy”, lo cual, me indicó que algo terrible se avecinaba en mis amígdalas y todo el territorio que las acompaña, quiero decir, que cuando uno rechaza tajante y casi instintivamente una noche de amigas, con jazz y pizza de preámbulo para rematar con una noche de salsa y dios sabrá con qué después de eso, algo debe andar muy mal en el cuerpo o en la mente, y como mis depresiones cada vez tardan más en darme knock out, me fui haciendo la idea de que mi cuerpo alojaba una sorpresa para mí.

No tardó nada para que la jodida tos atacara, al llegar a casa, envidiando a mis amigas que seguirían dando rienda suelta a la noche, me meto a la cama para dormir y antes de que pestañeara si quiera, aparece esta tos acompañada de un dolor en la garganta que nunca antes había tenido, sentía como si alguien con un cuchillo de poco filo intentara romper mis cuerdas vocales sin éxito alguno y teniendo una nueva oportunidad en cada tosido. Me paré y busqué dentro de mis remedios, encontré el jarabe de ajolote (Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl. Pues qué crees Julio, los axolot no escribieron ni una línea, en Michoacán los hicieron jarabe para la tos) sí, suena desagradable, pero sabe más o menos a miel, y era mi primer arma en la batalla contra la medicina alópata, así que me zambé dos cucharadas de aquello, y aunque el dolor cesó mi sueño no pudo concretarse porque estuve la madrugada entera echando flemas.

A la mañana siguiente le llamo al único doctor que no le tengo fobia: mi madre. Allá donde vive son dos horas menos que aquí, acá eran como las nueve, se sorprendió mucho de mi llamada tan temprano, ella más que nadie sabe lo mucho que me gusta dormir, en fin, le platiqué mis síntomas, me diagnosticó, me pidió que le hiciera de su conocimiento todo tipo de medicamentos que tuviera regados por la casa y al final concluyó en que siguiera con el jarabe de ajolote pero que también tomara cada ocho horas Histiacil, mismo, que según en palabras de mi madre me quitaría la tos, me ayudaría a la expulsión de flemas y me descongestionaría, sorprendentemente la caja de este medicamento prometía estos tres resultados, mi madre es implacable en eso de la automedicación, porque debo confesarles, ella no estudió medicina sino leyes, y es curioso como siempre al final de hacernos la consulta (a mí, a mi hermano o a su esposo) termina diciendo “aunque si te sigues sintiendo mal vete con el doctor porque no está bien automedicarse” sin embargo, siempre lo hacemos y siempre nos curamos.

La enfermedad ha sido devastadora, el recién mencionado Histiacil en efecto me calmó la tos y el dolor, pero me dio más alucinaciones que una planta de peyote, al parecer no tenía fiebre pero toda la noche me la pasé hablando de que Kanye West era un iluminati, hasta mi gato se salió de la recamara porque no lo dejaba dormir. Hoy, fue un día más de estornudos y mocos que de tos y flemas, vinieron mis amigas (aquellas del jazz y la salsa) a ver películas a casa, yo, abrigadísima como si fuera invierno en Philadelphia, ellas con ropa de verano, yo apartada como niña con influenza, ellas juntas en el sillón privilegiado (el que está frente al televisor), pasamos una tarde agradable a ratos y otros –para mi- escalofriantes, en los que sentía que moriría de una explosión cerebral causada por tosidos continuos –de tres a cuatro- finalmente no morí, y ellas aminoraban mis quejidos con risas y burlas de mi aspecto, lo cual agradezco profundamente ya que para alguien seudo hipocondriaco recibir cariños y burlas de tus amigos te hacen pensar que no estás en fase terminal aunque en ese preciso momento así lo sientas. Todo el tiempo me tomaba la temperatura, mi hermano contribuyó trayéndome comida y diciéndome a cada momento “no mames, no tienes ni un cacho de calentura”, también hablamos de un brote de peste bubónica en el Perú, tema del cual mi conclusión fue “me vale madre los peruanos en este preciso momento siento como si yo tuviera la peste bubónica y además estuviera a punto de convertirme en zombie” y él, para hacerme sentir mejor dijo “en ese caso, cuando llegue el momento tendré que aventarte por la azotea”.

Hoy es mi tercer día de enfermedad, creo que es muy cierto aquello de que todo se parece a su dueño, y es que esta jodida enfermedad no se decide en ser gripe o tos, anda de indecisa a irse o quedarse pero eso sí determinada a joderme como hace meses no me jodía una enfermedad respiratoria de este tipo. Mientras sigo con el jarabe y el histiacil, ahorita son ya las 3:30 am, y no estoy dispuesta a entregar mi salud mental a las alucinaciones que me da el medicamento, es por eso que me puse escribir, como una especie de aliciente para mi insomnio, además estar sentada me ayuda a que la tos no me ataque cual perro rabioso.

Termino esto embalsamada en VapoRub y deseándome la mejor de la salud, esperando que el martes que tengo que regresar a la oficina esté totalmente recuperada, que las alucinaciones se hayan ido y que el jarabe de ajolote no se haya terminado para que permanezca listo y atento para el siguiente encuentro paliativo en mi organismo.
 
 
Como anexo, le dedico esta canción al virus hasta ahora alojado en mi cuerpo Mi enfermedad de Andrés Calamaro

martes, 13 de julio de 2010

En respuesta a Piedebello y sus olores de la infancia (o los míos)

Anticipo, donde se puede leer el texto de Erandi (Piedebello) el cual me permitió despertar de nuevo esta inquietud que me cargaba de los olores de mi infancia: Los olores de la infancia
.-.

Hoy me acordé de Juarroz cuando dice que todo mundo habla solo. Este texto pareciera tener como intención ser un comentario al texto de piedebello, pero por sobrepasar el número de caracteres permitidos se convirtió en una entrada completa en este blog, será quizá la apertura al diálogo, no entre nosotras, sino entre los textos mismos –diálogo entre los olores, tal vez- sin embargo, creo que se acerca más a una necesidad re-creada (porque de las primeras veces que surgió esta necesidad hasta ahora incumplida, fue cuando supe que mi padre había perdido el olfato, luego por supuesto cuando Süskind apareció con esa prosa explosiva, cuando un nombre –ahora perdido- me dijo “caminaba por la calle y el árbol olía a ti” y yo pensé en todas las veces anteriores en las que él estando lejos yo reconstruía cual alquimista el olor que aparecía particularmente de su clavícula al hombro izquierdo) ahora que termino de leer tu olfato impregnado de ferretería, decidí que era el momento de enlistar esos olores que me cautivaban en la infancia y que además cada que los recuerdo, -resulta hasta cursi decir que los revivo-, pero se sienten dentro, como donde la gastritis hierve.

1. El olor a la Parisina del centro de Mazatlán, ese olor tan particular que tiene el hilo de poliéster, el de la organza un olor sin duda poroso, el de las telas floreadas excesivamente químico, sobre todo las que tienen flores amarillas, la mezcla de esos olores con el del ventilador que había en las puertas de entrada, donde todos los mazatlecos sobre todo en agosto iban –van- a refugiarse del infernal calor que hace justo enfrente, en el mercado, donde uno tiene que esperar por el camión que lo llevará de vuelta a casa –o al revés-. Por su puesto, este olor viene con la abuelita Cruz y el honor de ser su acompañante de compras en verano, cuando al despertar me decía “voy al centro, ¿quieres ir?”, dándome otra oportunidad de encapsular ese olor que me permitía entrar al ritual sacrosanto de la cotidianeidad del otro.

2. El olor a gasolina. Dios… cómo amo el olor a gasolina, me hace sentir tan segura –y también me hace leerme como una adicta malparida- pero ese olor no es más que un flashback directo a las diez de la noche con papá al volante, mamá de copiloto, mi hermano del lado izquierdo con algún juguete en mano y yo, arrullándome en la gasolinera, porque claro, la regla de papá era… llenar el tanque del carro sólo por las noches, porque en el día, con el calor, se evapora, decía. Habríamos entonces en convertirlo en una rutina, por un lado mamá en el trabajo lista para salir al encuentro de su familia, por otro, papá cuidándonos después de la cena, y la niña Carolina, que mal acostumbrada desde el día en que nació –salió despierta del hospital y apenas se durmió camino a casa “porque la arrulló el carro”- no podía dormir sin que la pasearan, aunque sea dándole la vuelta a la manzana en el coche… bueno, eso creían ellos, yo estoy segura que lo que me notificaba que otro día terminaba y que la hora de irse a la cama no era el arrullo del camino –que tanto disfruto, no por nada me quedo absorta en los camiones urbanos- sino el olor a gasolina (de la de antes, la de aquellos tiempos, hoy en día pocas veces encuentras gasolineras que tengan gasolina con ese olor de los noventas…)

3. El olor a mamá en su almohada. Al llegar de la escuela, después de que Doña Cruz nos recibiera con su comida del cielo (como los frijoles de tu abuela, pero más ricos), seguía quedarse dormida viendo las caricaturas del once, ahí es donde abrazaba la almohada de mamá, que olía al todavía famoso y dulcísimo perfume Dune, pero no era nada más eso, era el olor a algodón de la tela, más el perfume y más el olor de toda ella, de su piel siempre fresca y siempre refrescante. Luego, al despertar de aquella siesta, habría que regresar aquel olor a su lugar, acomodar la almohada bajo la colcha verde (confeccionada por mi propia madre bajo las anotaciones de su madre) sin que nadie se diera cuenta.

4. El olor de la mano de papá, a grasa de carro y W40, el papá mecánico que yo conocí y no el piloto, quizá, si hubiera nacido cuando él volaba sus dedos olerían a nubes, pero nunca hubiera sido tan reconfortante como ese olor espeso que oscurecía sus uñas pero que me recordaba que estaba ahí.

5. El olor a pan de la comercial mexicana mezclado con aire acondicionado y un dejo de estambre. Sí, el olor de la casa de los abuelos paternos, donde los primos abundaban y aquello parecía una fiesta aunque fuera una tarde de lunes. Ahí, la tía Chabe, quien trabajaba para CFE era quien había logrado (con no sé qué contrato mágico) poder tener el aire acondicionado prendido día y noche sin pagar un solo centavo por aquello, -el sueño de todo mazatleco- los veranos ahí, comiendo pan con salchichas, con mamá Bertita enseñándonos a mí y a mis primas a bordar mantelitos enteramente incompletos y haciendo cadenitas con el estambre multicolor (modernísimo) y deshaciéndolas completas cuando una mínima vuelta salía mal… eran maravillosos, teníamos todo el día y no hacía calor.

Caray… y cómo podría seguir uno, hay tantos sobre todo en este “rubro” de la infancia… que muchos fingimos no recordarlos para quedárnoslos más adentro y más callados. Luego los olores de la adolescencia, que vendrían, en mi caso, tan destilados que será mejor ni enlistarlos, acumularlos sin duda será la mejor opción, así como acumulamos las letras, y toda la memoria, que al final le pertenecen al vacío.