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martes, 22 de abril de 2014

Sobre el vuelo a Macondo.


Cuando estaba en la preparatoria escondía El amor en los tiempos del cólera adentro del libro de física o historia, más de una vez, los dos profesores me cacharon pero ninguno me reprendió, el de historia sonrió y el de física me pidió un reporte del libro. Por aquellos días, mis amigas y yo, saliendo de la prepa, nos fuimos a comer al área más turística de Mazatlán, como adultitas, solas en camión, veníamos en un “Sábalo centro” -los camiones en los que te podías resguardar del calor ya que por unos pesos más que el pasaje regular, gozabas de aire acondicionado, además de disfrutar de la fauna turística que se subía-; íbamos atrás, riéndonos sin parar y haciendo un escándalo como sólo siete adolescentes mujeresniñas pueden hacer. Yo con mi novela del García Márquez en la mano, como si fuera mi credencial, no había necesidad de traerlo afuera pero igual lo cargaba así para todos lados, no era snobismo, al menos no uno cínico, sino más bien una consecuencia del vínculo identitario que se estaba gestando conmigo y la literatura. Me acuerdo que tardé muchísimo para terminar ese libro. Mientras otras chicas traían el IFE de su prima mayor para entrar a los bares siendo menores de edad, yo llevaba ese libro para entrar al amor más puro que conocía, el de la literatura, para entrar también a calores internos que desconocía. El asunto es que aquél día en el “Sábalo centro”, olvidé mi libro en el asiento, en cuanto bajé y la puerta se cerró detrás de mis amigas, llevé mis manos a la cabeza y grité como desquiciada: “¡Mi libro!”, y luego sucedió uno de los recuerdos hasta ahora más entrañables que tengo: Todas, las siete, la más fresa, la más dark, la más risueña, la más nerd, la más popular, la más arrabalera y yo la más (inserte aquí el adjetivo que más le guste), corrimos como desbocadas por más de dos cuadras atrás del camión, a ellas que no les importaba un bledo ese libro se unieron impulsivamente para recuperarlo… El camión se paró, una amiga, que ahora sabíamos que era la más atlética, se subió y lo rescató. Todavía me pregunto qué habrá pensado el chofer.

Cuando lo tuve de nuevo en mis manos, supe que no hubiera pasado nada si lo perdía, al menos no en cuanto la historia se trataba, hubiera podido pedirle a mi madre que me comprara uno nuevo… Pero este era especial, había sido de mi padre, había sido de mi madre y de mi padre cuando estaban juntos, había estado en el librero de la casa desde antes de que yo naciera, esperándome.

Luego llegó Cien años de soledad, también sentado en la biblioteca de la casa, con olor a viejo estirando sus líneas para que yo lo abrazara.  Luego me fui a Guadalajara y estudié letras. En la carrera ya no se hablaba tanto de García Márquez, parecía un gusto culposo de muchos y aún así para mi sigue siendo uno de los mejores gustos que tengo, al menos uno de los más afectuosos.

A propósito de su muerte y la inundación de fotos y posts sobre él en las redes sociales, alguien me hizo una broma cuando en algún lugar escribí “Adiós Gabo”, me dijeron “más respeto, Gabriel García Márquez, no Gabo”, leí muchas burlas sobre quienes se referían a él así, cosas como “ni que lo conocieran”, pero bueno, cualquiera que haya leído al Gabo sabe que puede llamarle Gabo, cualquiera que haya cargado uno de sus libros como carnet de identidad sabe que puede llamarle Gabo, cualquiera que tararea “mariposas amarillas Mauricio Babilionea, mariposas amarillas que vuelan liberadas” sabe que puede llamarle Gabo, cualquiera que se haya grabado “Sarah Thomas 555-5510” sin ser seguidor de los chick flick puede llamarle Gabo.

Lo conocí en 2006, sabía que él estaba en FIL pero la verdad ni me molesté a ir alguna de sus presentaciones, demasiada gente y demasiada admiración en juego, siempre pasa que cuando uno conoce a sus grandes se le desmoronan en dos segundos. Estaba en el área de conferencias y presentaciones a los que en aquél entonces casi nadie iba, recuerdo que me dirigía a escuchar a un tal Vila Matas del que no tenía ni idea qué escribía, pero era la presentación que se me acomodaba a los horarios, era en la sala más chica y no había fila para entrar –así es cómo los milagros literarios le cambian la vida a uno, pero esa es otra historia-. Fue entonces cuando en el pasillo, en medio de un pequeño barullo, junto a mi se pegaron unos muchachos a la pared como para abrir paso y murmuraron “ahí viene García Márquez” y yo en medio y de frente aún sin procesar lo que escuchaba, reconocí sus cejas y su nariz sobre la imagen que tenía de él en mi cabeza (que era la que carga en la cabeza el “100 años” de la edición del 68), me quedé ahí parada, bloqueando su camino, quienes le ayudaban a caminar veían sus pies y su zapato izquierdo pegó en la punta de mi pie derecho, entonces levantó la cabeza y dijo con la voz de anciano malhumorado “¿Te vas a quitar?...”, luego aún sin moverme dije “Señor… yo…”, “¿Qué?” dijo más alto y acercando su oreja como quien no escucha nada, el joven que le ayudaba de su lado izquierdo estiró su mano para apartarme amablemente, me quité y dije en voz bajita: “¡Pinche Gabo!” Lo odié un año por eso, incluso censuré su literatura de mi librero y hasta creí aquellas historias que decían que contrataba gente para que le escribieran sus libros. Luego un tarde lluviosa de agosto volví a él como quien vuelve a casa, decidí que aquél noviembre del 2006 había sucedido así: GGM-“¿Ta vas a quitar?”, C- “No señor, no sin antes darle un abrazo”, luego él sonrió, tiró de lado a sus ayudantes y me extendió sus brazos, nos abrazamos cerca de 14 segundos; así pasó y así sabrán mis nietos la historia.
 
Uno siempre piensa que el destino es sólo suyo, que todo pasa para afectarnos de manera positiva o negativa específicamente a nosotros, y una parte de mi cree que así es, somos una red, somos el mismo tiempo, por eso creo que el día que Márquez murió yo tenía que estar en Mazatlán, en mi Macondo, donde sudé su literatura en el calor de la Machado a las cuatro de la tarde, donde nada importaba más que la literatura misma y mi poesía era poesía, y García Márquez era mi Gabo. El pasado 17 de abril me acosté pensando ¿Quién hubiera sido yo si nunca lo hubiera leído? La pregunta me hizo tanto ruido que me quedé muda, muchos minutos de silencio para acompañar su vuelo de mariposa amarilla, muchos minutos de silencio para la orfandad literaria que ahora pesa en Latinoamérica, mi mamá dijo “Nada más nos queda Elenita” y eso en medio del silencio me quedó haciendo eco, y es que es y no es la muerte física de estos héroes, es y no es su literatura, ahora no dejo de pensar ¿Dónde están los que cambiarán la vida de las adolescentes que viven en puertos olvidados por las letras?


sábado, 23 de junio de 2012

Lo que me dijo Dufoo



Así de pronto, un pensamiento lejano de un escritor lejano toca mi puerta un sábado soleado y con una sola línea reconstruye mis preguntas, deja inservibles mis reproches a la muerte, quiero decir, los reproches a la vida de mi padre. Hay melodías que yacen en las ventanas abiertas de otros, después de tanto llanto y tanto cuchillo en mano, aprendí a pararme a escucharlas morir con oído atento, sonreír así como quien nace de la muerte una y otra vez, una y otra vez.  

—Quisiera morir silenciosamente, sin dejar una huella, como muere una música lejana en un oído inatento.” Epigramas Carlos Díaz Dufoo hijo

miércoles, 13 de junio de 2012

Cementerio de mariposas


Cuando visitaba a mi padre en el centro de rehabilitación de San Blas me invadía una adultez brutal, estaba ahí con mis nueve años esperando en el comedor comunitario para verlo cada vez más delgado y con una sonrisa congelada que parecía haber estado ensayando antes de salir del dormitorio para luego ponerla en escena frente a mí… Yo tenía que evitar llorar y pedirle que vuelva a casa, porque entonces “él volvería contaminado” -decían los terapeutas-, tenía que pararme frente a él como una niña de cuarenta y dos años, sonreír y preguntarle parcamente cómo había estado.

[-¿Cómo has estado mientras te desintoxicas de la cocaína, sudas mucho, te dan ataques de pánico? (No)
-¿Cómo has estado en estos días que estando acá supiste que ya habían salido los papeles del divorcio de mamá? (No)
-¿Cómo has estado en estos días que el calor arrecia y el olor del puerco que tienen en el patio de este lugar inunda tu cuarto de tres por tres con cinco literas más viejas que tú? (No)
-¿Cómo has estado papi? (Sí, eso era lo que tenía que decir, callar mi mente y decir lo que tenía que decir una niña de nueve años, no más)]

Un día, así de pronto, como dicen que suceden los milagros, decidí dejar de visitar a mi padre y él, al mismo tiempo, se cansó de regalarme sonrisas congeladas. Luego de dos meses me envió una carta y dentro de la carta en otro papel doblado cuidadosamente me regaló un cadáver de mariposa, era maravillosa, azul eléctrico, brillaba como si aún viviera, temía que de pronto saliera volando. En el calce del papel estaba la letra de papá con pluma roja “Mariposa morpho vino desde Brasil”. Aquél cadáver se volvió mi tesoro, después de contemplarla no sé cuánto tiempo, la moví con extremo cuidado encima de una bolsa de plástico para embalsamarla con aquanet, ¡le puse tanto!, mi meta era lograr que su brillo no se acabara… ¿Brasil... qué tan lejos está Brasil volando en insecto?

Por primera vez esperé ansiosa y feliz el siguiente mes para viajar hasta Nayarit y encontrar a mi padre, vuelta niña regresé a aquél comedor esperando más tesoros, tenía cuatro. ¿Cuatro cadáveres de mariposa en menos de un mes? Quizá fueron mis ojos más de susto que de sorpresa pero antes de que pensara que mi padre además de adicto era un asesino de insectos me dijo “Han estado fumigando porque salieron alacranes en los dormitorios, desde entonces cuando salgo al patio me encuentro las mariposas enteritas, acostadas, esperando que alguien las enmarque, son tuyas”. No las enmarqué, eso era demasiado litúrgico, les busqué un libro “Animales y naturaleza” el tomo 7 de la “enciclopedia de la mujer” de alguna manera sentía que entre las ilustraciones de campos las mariposas podían volar de nuevo.

Siempre me pareció ridícula la analogía de que la niña que se hace mujer es como la oruga que se convierte en mariposa, en mi vida muchas cosas han sido al revés, para mi una vuelve a ser niña cuando la mariposa cae fumigada en medio de su máximo esplendor, así de cruel, así de lindo.

Papá no se rehabilitó en aquél centro, pero sí mi infancia, la que se me había arrebatado a tirones volvió en insecto muerto, con polvo que pintaba los dedos –“no te toques el pelo que te da tiña”-, luego pasaron muchas cosas, muchos años adentro de pocos, pero las mariposas seguían ahí, intactas entre la página ciento catorce y la ciento veintiuno. No sé bien porqué escribo esto, lo único que quiero decir es que si me pongo boba cuando veo volar una mariposa es porque nunca las conocí así, libres, para mi lo normal era verlas aplanadas entre letras, hasta hace muy poco aprendí que también vuelan, que son frágiles y que no son eternas.