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miércoles, 2 de agosto de 2017

36/38ºC

Me gusta sentir cómo dejo de quererte
sorprender a mi mente lejísimos de tu sonrisa
y tu oreja izquierda,
luego me ocupo en eso y la fiebre sube
un diminuto síntoma que se aferra a reconstruir tus ojos viajeros,
los besos guardados,
mis palabras colgadas.
                                            .
                                                .
Pero me gusta tanto dejar de quererte,
entonces uso mis ojos para mirarme como quería que me miraras,
soy hermosa:


y estoy libre.

jueves, 11 de mayo de 2017

Las horas de gracia

  Alguna vez Jorge lo explicó en uno de sus conciertos: hay espacios y tiempos donde se encuentra un punto ciego de felicidad intacta en medio del caos de vida. Fue ahí, en la arena blanquita, esperando el amanecer donde cuatro mujeres buscan renacer sin saberlo, hay una intención latente de volver a sus almas intactas y siempre reconstruidas, están ahí, en ese punto ciego, cada quien en sí pero esperando el sol juntas.

Cuatro vidas distintas, separadas, con sus historias dentro de sus historias, todo para contar, rápido que las horas juntas son pocas y hay que vaciar la vida pronto porque los pescadores ya se acercan a tender la red.

La mujer siempre niña, ahora se le ve madura, de pez a sirena, fuerte, certera, en sus brazos se dibujan alas prominentes, expertas en vuelo y listas para nadar en otros cielos. Ella, la que antes parecía estar distraída a expensas de que cualquier viento la arrastrase lejos, esta ahora a cargo de las otras, las cuida, las despierta, las lleva de la mano a entender el destino amazónico que las ha juntado de nuevo en el caribe.

La mujer siempre autónoma y urbana, deslumbra ahora con un corazón radiante al que llama casa, se le ve tranquila como quien encuentra la posición justa en el sillón de las visitas, que nadie la mueva, no la toquen que es ahí justo en ese lugar donde mas feliz se le ve, donde su independencia crece acompañada. Ahora sonríe mas tranquila, con un compás exacto, y es que en sus desvelos de playa hay alguien allá afuera que la espera junto al hueco de su cama.

La mujer siempre libre llegó atrapada en otra vida que no termina de descifrar, pero en el momento preciso que el azul de sus ojos hizo par con el del mar, su mirada reencontró el hogar, como quien entra a oscuras a su cuarto, un poco a tientas y con miedo de tropezar pero que logra atravesar el espacio segura porque lo conoce y le pertenece. La mas indescifrable de las cuatro, pero quizá la mas construida de todas, aunque eso no lo sepa ni ella.

La mujer siempre sola y de sonrisa amplia, está ahora enamorada, aterrada pero feliz, ha llegado ahí siendo una niña que por primera vez se subirá a la rueda de la fortuna, las otras tres le aplauden, le dicen que tenga cuidado que no se asome mucho al precipicio, que disfrute el viaje, que si vomita no importa, pero la mujer siempre sola en ese momento niña feliz, aun esta haciendo fila, contemplando emocionada la rueda luminosa y al mismo tiempo pensando: qué terror, qué terror estar hasta arriba.


Ellas cuatro tienen un siempre que caduca, porque han decidido reconocerse a diario. Son mas fuertes juntas y es precisamente ahí, frente al mar donde saben de cierto que nunca andan solas, que luego del último minuto de gracia, del apresurado adiós, se separan pero se llevan a las otras consigo porque solo aquellos que han logrado compartir ese pequeño espacio donde el ruido calla y las olas crecen adentro, han renacido juntos y el corazón que desde ahí vive es uno e inquebrantable.

martes, 22 de abril de 2014

Sobre el vuelo a Macondo.


Cuando estaba en la preparatoria escondía El amor en los tiempos del cólera adentro del libro de física o historia, más de una vez, los dos profesores me cacharon pero ninguno me reprendió, el de historia sonrió y el de física me pidió un reporte del libro. Por aquellos días, mis amigas y yo, saliendo de la prepa, nos fuimos a comer al área más turística de Mazatlán, como adultitas, solas en camión, veníamos en un “Sábalo centro” -los camiones en los que te podías resguardar del calor ya que por unos pesos más que el pasaje regular, gozabas de aire acondicionado, además de disfrutar de la fauna turística que se subía-; íbamos atrás, riéndonos sin parar y haciendo un escándalo como sólo siete adolescentes mujeresniñas pueden hacer. Yo con mi novela del García Márquez en la mano, como si fuera mi credencial, no había necesidad de traerlo afuera pero igual lo cargaba así para todos lados, no era snobismo, al menos no uno cínico, sino más bien una consecuencia del vínculo identitario que se estaba gestando conmigo y la literatura. Me acuerdo que tardé muchísimo para terminar ese libro. Mientras otras chicas traían el IFE de su prima mayor para entrar a los bares siendo menores de edad, yo llevaba ese libro para entrar al amor más puro que conocía, el de la literatura, para entrar también a calores internos que desconocía. El asunto es que aquél día en el “Sábalo centro”, olvidé mi libro en el asiento, en cuanto bajé y la puerta se cerró detrás de mis amigas, llevé mis manos a la cabeza y grité como desquiciada: “¡Mi libro!”, y luego sucedió uno de los recuerdos hasta ahora más entrañables que tengo: Todas, las siete, la más fresa, la más dark, la más risueña, la más nerd, la más popular, la más arrabalera y yo la más (inserte aquí el adjetivo que más le guste), corrimos como desbocadas por más de dos cuadras atrás del camión, a ellas que no les importaba un bledo ese libro se unieron impulsivamente para recuperarlo… El camión se paró, una amiga, que ahora sabíamos que era la más atlética, se subió y lo rescató. Todavía me pregunto qué habrá pensado el chofer.

Cuando lo tuve de nuevo en mis manos, supe que no hubiera pasado nada si lo perdía, al menos no en cuanto la historia se trataba, hubiera podido pedirle a mi madre que me comprara uno nuevo… Pero este era especial, había sido de mi padre, había sido de mi madre y de mi padre cuando estaban juntos, había estado en el librero de la casa desde antes de que yo naciera, esperándome.

Luego llegó Cien años de soledad, también sentado en la biblioteca de la casa, con olor a viejo estirando sus líneas para que yo lo abrazara.  Luego me fui a Guadalajara y estudié letras. En la carrera ya no se hablaba tanto de García Márquez, parecía un gusto culposo de muchos y aún así para mi sigue siendo uno de los mejores gustos que tengo, al menos uno de los más afectuosos.

A propósito de su muerte y la inundación de fotos y posts sobre él en las redes sociales, alguien me hizo una broma cuando en algún lugar escribí “Adiós Gabo”, me dijeron “más respeto, Gabriel García Márquez, no Gabo”, leí muchas burlas sobre quienes se referían a él así, cosas como “ni que lo conocieran”, pero bueno, cualquiera que haya leído al Gabo sabe que puede llamarle Gabo, cualquiera que haya cargado uno de sus libros como carnet de identidad sabe que puede llamarle Gabo, cualquiera que tararea “mariposas amarillas Mauricio Babilionea, mariposas amarillas que vuelan liberadas” sabe que puede llamarle Gabo, cualquiera que se haya grabado “Sarah Thomas 555-5510” sin ser seguidor de los chick flick puede llamarle Gabo.

Lo conocí en 2006, sabía que él estaba en FIL pero la verdad ni me molesté a ir alguna de sus presentaciones, demasiada gente y demasiada admiración en juego, siempre pasa que cuando uno conoce a sus grandes se le desmoronan en dos segundos. Estaba en el área de conferencias y presentaciones a los que en aquél entonces casi nadie iba, recuerdo que me dirigía a escuchar a un tal Vila Matas del que no tenía ni idea qué escribía, pero era la presentación que se me acomodaba a los horarios, era en la sala más chica y no había fila para entrar –así es cómo los milagros literarios le cambian la vida a uno, pero esa es otra historia-. Fue entonces cuando en el pasillo, en medio de un pequeño barullo, junto a mi se pegaron unos muchachos a la pared como para abrir paso y murmuraron “ahí viene García Márquez” y yo en medio y de frente aún sin procesar lo que escuchaba, reconocí sus cejas y su nariz sobre la imagen que tenía de él en mi cabeza (que era la que carga en la cabeza el “100 años” de la edición del 68), me quedé ahí parada, bloqueando su camino, quienes le ayudaban a caminar veían sus pies y su zapato izquierdo pegó en la punta de mi pie derecho, entonces levantó la cabeza y dijo con la voz de anciano malhumorado “¿Te vas a quitar?...”, luego aún sin moverme dije “Señor… yo…”, “¿Qué?” dijo más alto y acercando su oreja como quien no escucha nada, el joven que le ayudaba de su lado izquierdo estiró su mano para apartarme amablemente, me quité y dije en voz bajita: “¡Pinche Gabo!” Lo odié un año por eso, incluso censuré su literatura de mi librero y hasta creí aquellas historias que decían que contrataba gente para que le escribieran sus libros. Luego un tarde lluviosa de agosto volví a él como quien vuelve a casa, decidí que aquél noviembre del 2006 había sucedido así: GGM-“¿Ta vas a quitar?”, C- “No señor, no sin antes darle un abrazo”, luego él sonrió, tiró de lado a sus ayudantes y me extendió sus brazos, nos abrazamos cerca de 14 segundos; así pasó y así sabrán mis nietos la historia.
 
Uno siempre piensa que el destino es sólo suyo, que todo pasa para afectarnos de manera positiva o negativa específicamente a nosotros, y una parte de mi cree que así es, somos una red, somos el mismo tiempo, por eso creo que el día que Márquez murió yo tenía que estar en Mazatlán, en mi Macondo, donde sudé su literatura en el calor de la Machado a las cuatro de la tarde, donde nada importaba más que la literatura misma y mi poesía era poesía, y García Márquez era mi Gabo. El pasado 17 de abril me acosté pensando ¿Quién hubiera sido yo si nunca lo hubiera leído? La pregunta me hizo tanto ruido que me quedé muda, muchos minutos de silencio para acompañar su vuelo de mariposa amarilla, muchos minutos de silencio para la orfandad literaria que ahora pesa en Latinoamérica, mi mamá dijo “Nada más nos queda Elenita” y eso en medio del silencio me quedó haciendo eco, y es que es y no es la muerte física de estos héroes, es y no es su literatura, ahora no dejo de pensar ¿Dónde están los que cambiarán la vida de las adolescentes que viven en puertos olvidados por las letras?